¿Y si entrenar fuera también una forma de cuidar tu salud?
Cuando pensamos en hacer ejercicio, probablemente lo primero que nos viene a la cabeza es estar en forma, ganar fuerza, mejorar nuestra resistencia o conseguir algún cambio físico.
Pero el ejercicio tiene una relación con nuestra salud mucho más amplia de lo que vemos frente al espejo.
En los últimos años, la investigación científica ha seguido estudiando cómo la actividad física y el ejercicio se relacionan con el riesgo de desarrollar diferentes enfermedades y con nuestra capacidad para mantenernos funcionales a medida que envejecemos.
Y quizá lo más interesante sea esto:
entrenar no solo puede ayudarnos a encontrarnos mejor hoy. También puede formar parte de la manera en la que cuidamos nuestra salud a largo plazo.
Cuando hablamos de ejercicio, también hablamos de prevención
Nuestro organismo está en constante adaptación.
El corazón responde al ejercicio. Los músculos se fortalecen. Los huesos reciben estímulos. Nuestro metabolismo cambia. Nuestra capacidad para realizar esfuerzos puede mejorar.
Por eso, la actividad física no tiene un único efecto sobre nuestro cuerpo.
Las personas que mantienen niveles adecuados de actividad física presentan, en general, un menor riesgo de desarrollar diferentes enfermedades crónicas, entre ellas enfermedades cardiovasculares y diabetes tipo 2. También existe evidencia sobre su relación con determinados tipos de cáncer y con diferentes aspectos de la salud mental.
Esto no significa que el ejercicio pueda evitar una enfermedad por completo.
La salud depende de muchos factores y ninguno de ellos funciona de manera aislada.
Pero sí significa que el movimiento es una de las piezas que podemos cuidar.
El corazón también aprende del entrenamiento
Nuestro sistema cardiovascular es uno de los grandes protagonistas cuando hablamos de actividad física.
Caminar, correr, nadar, montar en bicicleta o realizar otros tipos de ejercicio cardiovascular hace que nuestro organismo tenga que adaptarse a diferentes demandas.
Pero no hace falta practicar un deporte concreto para obtener beneficios.
La actividad física cotidiana también cuenta.
De hecho, una de las ideas que más ha cambiado en los últimos años es la de que solo obtiene beneficios quien entrena de manera intensa o estructurada.
Moverse más también importa.
Caminar, subir escaleras, reducir el tiempo que pasamos sentados o mantenernos activos durante el día son comportamientos que forman parte de un estilo de vida físicamente activo.
Y cuando además incorporamos un entrenamiento planificado, podemos trabajar capacidades concretas como la fuerza, la resistencia o la movilidad.
Fuerza: mucho más que músculo
Si hay una capacidad física que merece una atención especial cuando hablamos de salud a largo plazo, esa es la fuerza.
Con el paso de los años es habitual experimentar cambios en la masa muscular y en la capacidad física. Pero envejecer no significa que tengamos que asumir pasivamente la pérdida de fuerza.
El entrenamiento puede ayudarnos a mantener y mejorar nuestra capacidad muscular y funcional.
Y aquí está una de las partes más interesantes:
la fuerza que entrenamos en el gimnasio se utiliza fuera del gimnasio.
Para levantarnos de una silla. Para subir unas escaleras. Para cargar una bolsa. Para jugar con nuestros hijos o nietos. Para viajar. Para mantener nuestras actividades cotidianas.
Por eso, entrenar fuerza no es únicamente una cuestión de rendimiento o estética.
También puede ser una forma de preservar nuestra capacidad para hacer cosas.
Y quizá esa sea una de las mejores formas de entender el entrenamiento cuando pensamos a largo plazo.
¿Y qué ocurre con nuestra salud metabólica?
El ejercicio también tiene una relación importante con la forma en la que nuestro organismo gestiona la energía.
Los músculos desempeñan un papel fundamental en el metabolismo de la glucosa, y mantenernos físicamente activos puede mejorar la sensibilidad a la insulina y contribuir a reducir el riesgo de desarrollar diabetes tipo 2.
Esto también nos recuerda algo importante:
salud metabólica no significa simplemente hablar de peso.
Una persona puede entrenar para ganar fuerza, mejorar su resistencia o sentirse más ágil y, al mismo tiempo, estar trabajando aspectos relevantes de su salud interna que no podemos observar frente a un espejo.
El ejercicio tiene muchos efectos que no se ven.
También hablamos de cerebro y bienestar
La relación entre actividad física y salud no termina en los músculos o el corazón.
La investigación también ha encontrado asociaciones entre actividad física y diferentes aspectos de la salud mental y cognitiva.
Pero aquí preferimos alejarnos de las promesas fáciles.
Hacer ejercicio no significa que vayamos a sentirnos bien todos los días ni sustituye la atención profesional cuando existe un problema de salud.
Lo que sí sabemos es que mantenernos activos puede formar parte de un estilo de vida que favorece nuestro bienestar.
Y quizá todos hemos experimentado alguna vez algo tan sencillo como terminar una sesión y sentir que hemos desconectado durante un rato de todo lo demás.
A veces, cuidar nuestra salud también consiste en reservar un espacio para nosotros.
Entonces, ¿cuánto ejercicio necesitamos?
Esta es probablemente una de las primeras preguntas que aparecen.
Y aquí no existe una única respuesta válida para todo el mundo.
Las recomendaciones generales nos sirven como referencia, pero nuestras necesidades dependen de nuestra edad, experiencia, estado de salud, objetivos y del punto desde el que partimos.
Una persona que actualmente no realiza actividad física puede empezar incorporando más movimiento a su día a día.
Otra puede necesitar trabajar fuerza.
Alguien que ya entrena puede centrarse en progresar o mantener sus capacidades.
Y en determinadas etapas de la vida, el objetivo puede ser simplemente seguir haciendo aquello que nos gusta con la mayor autonomía posible.
Por eso, quizá la pregunta no sea únicamente:
“¿Cuánto ejercicio debería hacer?”
Sino también:
“¿Qué necesita mi cuerpo ahora?”
No se trata de hacer más. Se trata de poder seguir haciendo.
Existe una idea muy extendida de que para obtener beneficios del ejercicio hay que entrenar cada vez más.
Pero la salud no es una competición.
No necesitamos convertir cada sesión en un reto ni buscar constantemente una nueva marca.
A veces progresar significa levantar más peso.
Otras veces significa recuperar una capacidad que habíamos perdido.
Y en otros momentos significa simplemente mantener aquello que hemos conseguido.
Lo importante es que el entrenamiento tenga sentido para nosotros y pueda formar parte de nuestra vida de una manera sostenible.
Entrenar pensando también en el futuro
No podemos controlar todos los factores que van a influir en nuestra salud.
Pero sí podemos tomar decisiones que contribuyan a cuidarla.
Mantenernos activos es una de ellas.
Entrenar fuerza, trabajar nuestra capacidad cardiovascular, reducir el sedentarismo y conservar nuestras capacidades físicas no son únicamente objetivos para sentirnos mejor esta semana.
También pueden ser una forma de cuidar nuestra salud futura.
Porque quizá el verdadero valor del entrenamiento no esté solamente en lo que conseguimos después de una sesión.
Está también en todo aquello que queremos seguir pudiendo hacer dentro de diez, veinte o treinta años.
Entrenar hoy también puede ser una forma de cuidar a la persona que queremos seguir siendo mañana.
En Body Global Training entendemos el ejercicio desde esa perspectiva: como una herramienta que puede acompañarnos en diferentes etapas de la vida, adaptándose a nuestras necesidades, nuestros objetivos y nuestro momento.
Body Global Training · Granada






